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Macarena Trigo | Todo mal, todo bien

6 min readMay 11, 2026

Hola, ¿cómo estás? ¿To tranquilo? Esta es la decimosexta entrega del #newsletterdesovillo. Escribí unas líneas sobre el nuevo libro de la escritora, actriz, dramaturga, etc. Macarena Trigo. Conviene que sepan que Maca es mi amiga y encuentro en su fe en la escritura un modo que nos hermana. Desde allí escribo, aunque no es para nada lo determinante. ¡Pasen y lean!

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Tengo en mis manos el ejemplar número 22 de Esto no es un final, el nuevo libro de Maca. Apenas empiezo a leerlo encuentro una aclaración: “Esto no comienza”. Espacio blanco de doble interlineado. Abajo. “Ni para vos ni para mí”. O sea, lectorx , usted se sube a un tren en movimiento. Todxs lxs escritorxs deberían recordarnos que abrir un libro es subirse a un tren que viene traqueteando desde kilómetros arriba y que al cerrarlo seguirá su ruta. Como nosotros. Como el mundo, que yira yira.

Esta edición artesanal de Pulpa Editora es una carta al mar. Su tapa de cartón gris, su papel de 75 grs de caña de azúcar sin blanqueadores químicos, la cosida a mano, las postales con dibujos de Sol Soto, todo hace a un artefacto digno de tener en nuestra biblioteca. Si no lo tienen aún, ¡compren!

Porque Maca hace con la palabra lo que quiere. Se nota esa facilidad al leerla. Es tan precisa en el modo de estructurar su discurso que unx se pregunta ¿¡cómo lo hace!? ¿De dónde viene eso? ¿Las monjas? Transmite en esa soltura una formación sólida. Disciplina y aplicación. Como si una educación estricta deviniera en pájaros en el aire al escribir. Sus textos son transparentes. Los entiende cualquiera. Escribe con oraciones cortas que a veces cortan. Y cuando digo que hace lo que quiere, quiero decir que leo y siento que escribe exactamente eso que anhela transmitir. Eso y no otra cosa. Lo atrapa y lo traduce en palabras sencillas, sin rodeos. No merodea, va al grano. Prueben, no es nada fácil. A mí me sale poco.

En su modo es brutalmente honesta. “Quiero ser alguien capaz de regocijarse en el presente, de reconocer lo bueno, lo bello, lo trascendente del instante” - escribe. Al renglón siguiente la daga: “No me pasa”. Esa honestidad con la vida hace que viva desacompasada del mundo. Mundo que conoce bastante bien, porque… “siempre estoy de paso y de prestado”. Migrante por necesidad de huir hacia adelante, un día llegó a Pigüé y aquí mora. Sus formas llevan un pesimismo amable. Una especie de todo mal, pero bien, que descoloca. Sobre todo a quienes sí vemos el lado bello de nuestro paso por este plano, sin que eso implique desconocer la podredumbre alrededor o que toda vida es un proceso de demolición. Sí, pero… “no me pasa” - me repetiría. A cambio, “pura queja y pura herida”. Y ya sabemos por Cátulo Castillo que la vida es una herida absurda. Y por Scott Fitzgerald que unx se puede romper como un plato viejo; a eso le llama el crack up, la grieta. Y por el arte japonés del kintsugi que un plato roto se puede volver a pegar, sí; con hilo de oro, sí; para celebrar y enaltecer la historia del objeto. Eso hace Maca. Que la herida brille. Arroja toneladas de sentido al hueco que la acompaña. Ilumina el hueco. “¡La grieta está en mí!” -escribió Fitzgerald en febrero de 1936 para nombrar eso que se rompe y nunca más vuelve a ser igual, pero podría haberlo escrito ella. Porque Esto no es un final podría leerse como una reescritura de Crack up en el sudoeste bonaerense en pleno siglo 21. Escribir como una forma pegar los pedazos rotos de una vida.

En su escritura nunca deja de estar presente las condiciones materiales en que llevamos adelante la existencia. “Mi generación no tendrá infierno geriátrico donde echarse a morir. Siempre habrá algún implacable con plan de pensiones al día, pero seremos más, infinitos más, los que no podamos ni sepamos dónde o cuándo detenernos”. He allí uno de los meollos de su vida. Por eso las descripciones que aparecen de sus viajes con la Cia. Si la luna suelen ser muy precisas en cuanto al esfuerzo que conlleva moverse y trabajar de artista en un país desafinado. Si hasta los pozos en la ruta atentan contra la circulación del arte. Maca no se hace la tonta con eso y lo expone (con humor, como para amortiguar el golpe). Y cuando unx está a punto de caer en la decepción, aparece el rayito de sol que entra por el ventiluz: la renovada confianza en el teatro y en que vale la pena trajinar los kilómetros que van conformando un corredor cultural improvisado. Si todo atenta contra una de las acciones más artesanales que quedan en pie, ¿para qué hacerlo? Para defender el deseo, dirá. Ese es su programa de acción y en eso le va la vida.

El momento en que mi diálogo con el libro se vuelve intenso es cuando escribe su voluntad de morir. Lo suele decir en charlas a cielo abierto: “deberíamos morir” o “a esta edad siempre creí que estaría muerta” o “murámonos y ya”. Lo dice con gestualidad stand up era y una entonación que ahora mismo resuena en mis oídos y me saca una sonrisa. Por eso no me sorprende la cita a Jaime Sabines que aparece a mitad de recorrido: “Cuando tengas ganas de morirte no alborotes tanto: muérete y ya”. Como tampoco me sorprende la bienvenida efusiva a la aprobación de la eutanasia en Uruguay. A diferencia de tantas personas que hablan de la muerte (su muerte) y sobreactúan una postura entre punk y abúlica, en Maca encuentro una convicción. “En esta casa la muerte es bienvenida”- grita. Como si de tanto desearlo alguna vez fuera a venir sin que ella mueva un dedo, porque sí. Aquí va de tu propia medicina, Maca: no me pasa.

Y para cerrar, el gesto conceptual del libro. Si al abrirlo leíamos “Esto no comienza”, era esperable que al final dijera, chiquito, en el cuadrante inferior izquierdo, casi como una nota al pie que se despega del corpus del texto: “Esto no es un final”. Si nunca empezó, nunca termina. Parece un chiste, pero es imposible no leerlo en diálogo con Magritte y su cuadro Esto no es un pipa. Este cuadro:

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Entonces, las preguntas. ¿A qué se refiere Maca cuando dice “esto”? ¿A la última oración con la que cierra el libro? ¿Al texto que le dio vida? ¿A su materialidad? ¿A la sucesión de palabras, una detrás de otra, en la antepenúltima hoja que forman la frase “esto no es un final”? ¿A la convención que nos lleva a hacer de cuenta que algo termina, pero en realidad no? Le estaba dando vueltas a esto cuando, en un respiro, caí en la conversación pública que nuestra escritora tuvo con Lu Combes y Cori Riquelme la noche del jueves en Crear. Allí lo dijo clarito. Está escribiendo siempre el mismo texto. Por eso no hay comienzo ni final. Así opera. Entonces, cierro el libro, lo guardo en mi biblioteca y a otra cosa. Porque la vida sigue. Y nada tiene un final. Nada termina. Tampoco esta reseña, en el más estricto de los sentidos.

***

Me alegra poder entablar este diálogo con ustedes. Quedo a disposición para que me hagan llegar data o intercambiar ideas. Nos buscan en IG como @desovillo.el.ovillo

¡Hasta la próxima y gracias por leer!

Maxi Diomedi.